sábado, junio 28, 2008

estupidez digital y textos largos

Uno de los mejores artículos de Freire que he leido, y que es muy conectable con el futuro de los libros:Condenados a la estupidez digital

Es un magnífico repaso de algunas turbadoras exposiciones sobre un problema que hace 5 años no tenía sentido: el efecto que está teniendo el tipo de texto y de lectura en internet - cantidades masivas de textos muy cortos - sobre nuestra capacidad de lectura y comprensión y, sumados a los resultados de buscadores y demás recursos primarios, sobre nuestra inteligencia.

El propio artículo de Freire tiene 1060 palabras, algo que en un foro es posible que fuera calificado como "demasiado largo" ante lo que el forero se podría defender preventivamente con un "perdonad por el tocho". Las 4188 palabras del artículo de Nicholas Carr en el que Freire basa su propia reflexión superarían con mucho los límites de este estilo de lectura: algo más de ocho páginas.

Esas ocho páginas merecen la pena de la primera a la última. Empieza dando caña:

the end of Stanley Kubrick’s 2001: A Space Odyssey. Bowman, having nearly been sent to a deep-space death by the malfunctioning machine, is calmly, coldly disconnecting the memory circuits that control its artificial »

brain. “Dave, my mind is going,” HAL says, forlornly. “I can feel it. I can feel it.”

I can feel it, too. Over the past few years I’ve had an uncomfortable sense that someone, or something, has been tinkering with my brain, remapping the neural circuitry, reprogramming the memory. My mind isn’t going—so far as I can tell—but it’s changing. I’m not thinking the way I used to think. I can feel it most strongly when I’m reading. Immersing myself in a book or a lengthy article used to be easy. My mind would get caught up in the narrative or the turns of the argument, and I’d spend hours strolling through long stretches of prose. That’s rarely the case anymore. Now my concentration often starts to drift after two or three pages. I get fidgety, lose the thread, begin looking for something else to do. I feel as if I’m always dragging my wayward brain back to the text. The deep reading that used to come naturally has become a struggle.
El resto del artículo demuestra, por si hacía falta, que capacidad de reflexión no es lo que le falta a Carr. La cosa, por lo tanto, es mucho más peliaguda de lo que parece. No se trata de un proceso de estupidización, esa circunstancia que cada generación teme sobre la siguiente pero que se encarga de desmontar, con igual tozudez, una simple campana de Gauss. No, se trata de una forma distinta de pensar... y que, siendo distinta, no es completamente compatible con los vehículos de la cultura y la ciencia establecidos.

Carr no es ni remotamente un ludita:

I think I know what’s going on. For more than a decade now, I’ve been spending a lot of time online, searching and surfing and sometimes adding to the great databases of the Internet. The Web has been a godsend to me as a writer. Research that once required days in the stacks or periodical rooms of libraries can now be done in minutes. A few Google searches, some quick clicks on hyperlinks, and I’ve got the telltale fact or pithy quote I was after. Even when I’m not working, I’m as likely as not to be foraging in the Web’s info-thickets—reading and writing e-mails, scanning headlines and blog posts, watching videos and listening to podcasts, or just tripping from link to link to link. (Unlike footnotes, to which they’re sometimes likened, hyperlinks don’t merely point to related works; they propel you toward them.)

For me, as for others, the Net is becoming a universal medium, the conduit for most of the information that flows through my eyes and ears and into my mind. The advantages of having immediate access to such an incredibly rich store of information are many, and they’ve been widely described and duly applauded.
Podría pensarse que Carr está describiendo un toma y daca de enorme magnitud e implicaciones. Parte de la consideración ya clásica de McLuhan, the medium is the message, pero llevado hasta un extremo completamente impredecible: si los contenidos en la Web son el food for thought primario de un número cada vez mayor de trabajadores del conocimiento (adivinad de dónde salen las referencias con las que que armo este post y los demás), inevitablemente tiene que tener consecuencias en mi manera de pensar durante la construcción de conocimiento... y durante los momentos pasivos, los más frecuentes, aquellos en los que localizo y digiero.

De hecho, el anecdotario está empezando a dejar paso a estudios sorprendentes, y quizás preocupantes

They found that people using the sites exhibited “a form of skimming activity,” hopping from one source to another and rarely returning to any source they’d already visited. They typically read no more than one or two pages of an article or book before they would “bounce” out to another site. Sometimes they’d save a long article, but there’s no evidence that they ever went back and actually read it. The authors of the study report:
It is clear that users are not reading online in the traditional sense; indeed there are signs that new forms of “reading” are emerging as users “power browse” horizontally through titles, contents pages and abstracts going for quick wins. It almost seems that they go online to avoid reading in the traditional sense.
El nuevo estilo de lectura, "eficiencia" (en bregar con la sobrecarga permanente de información) e "inmediatez". Una situación completamente opuesta a la que caracterizaba la anterior revolución cultural, la de la imprenta, en la que se facilitó el acceso de gran número de personas a gran número de títulos en los que desarrollar la lectura profunda. Entiendo que el estilo anterior de lectura fue completamente decisivo para conformar el saber académico moderno, ciencia u otras hierbas. Es hasta de perrogrullo: Sin libros ampliamente accesibles, seguiríamos en la escolástica. Para caminar sobre hombros de gigantes hacen falta libros que nos sirvan de pasarela de un hombro hasta el siguiente.

La "lectura profunda", de hecho, no es ninguna broma. En feliz expresión de Carr, "Our ability to interpret text, to make the rich mental connections that form when we read deeply and without distraction, remains largely disengaged". Surfeando de un contenido al siguiente a gran velocidad, con "gran eficiencia", puede llegar a constituirse en un obstáculo severo para el análisis profundo. De hecho, como docente me he topado demasiadas veces con la tentación opuesta: el copia/pega de contenidos ajenos para montar rápidamente los propios en una labor de plagio que cada vez avergüenza menos.

Mi suegro, Gregorio, me ha ofrecido un adagio latino aún más feliz acerca de la lectura: multum non multa. Mucho, no muchos. Tras comentarle un resumen de este post, lo ha traducido con igual rapidez: estamos acercándonos al tiempo opuesto, caracterizado por multa non multum. Mi mujer lo ha redondeado, temiendo que se acerque la Sociedad de la Información pero no la del conocimiento.

Carr acaba este tremendísimo artículo riéndose de sí mismo y del miedo al futuro que se puede derivar de su artículo:
The arrival of Gutenberg’s printing press, in the 15th century, set off another round of teeth gnashing. The Italian humanist Hieronimo Squarciafico worried that the easy availability of books would lead to intellectual laziness, making men “less studious” and weakening their minds. Others argued that cheaply printed books and broadsheets would undermine religious authority, demean the work of scholars and scribes, and spread sedition and debauchery. As New York University professor Clay Shirky notes, “Most of the arguments made against the printing press were correct, even prescient.” But, again, the doomsayers were unable to imagine the myriad blessings that the printed word would deliver.
Y sin embargo, en la última vuelta de tuerca,

The kind of deep reading that a sequence of printed pages promotes is valuable not just for the knowledge we acquire from the author’s words but for the intellectual vibrations those words set off within our own minds. In the quiet spaces opened up by the sustained, undistracted reading of a book, or by any other act of contemplation, for that matter, we make our own associations, draw our own inferences and analogies, foster our own ideas. Deep reading, as Maryanne Wolf argues, is indistinguishable from deep thinking.[...]
I see within us all (myself included) the replacement of complex inner density with a new kind of self—evolving under the pressure of information overload and the technology of the “instantly available.[...]
That’s the essence of Kubrick’s dark prophecy: as we come to rely on computers to mediate our understanding of the world, it is our own intelligence that flattens into artificial intelligence.

¿Qué tendría que ver todo lo expuesto con los libros electrónicos?

Veamos: leer, efecto de la lectura, longitud de los documentos.

Los lectores de e-books presentan dos efectos potencialmente decisivos, que voy a remarcar con exageración tipográfica en homenaje a un compañero de trabajo completamente incompatible con las convenciones de maquetación:

  1. Las pantallas electroforéticas cansan mucho menos la vista y facilitan la lectura prolongada hasta un extremo inalcanzable por las mejores pantallas retroiluminadas
  2. Paradójicamente, las dificultades que un lector de ebooks presenta para el salto entre hipervínculos te fuerza a concentrarte en el texto en el que estés mientras sigas usando el lector.
El lector de ebooks, dentro de estas coordenadas, presenta un sorprendente equilibrio: tiene acceso, como una pantalla de ordenador estándar, a la ilimitada fuente de conocimiento que es Internet. Sin embargo, cuando se accede a un contenido, favorece el trabajo individual con él. Desde ese punto de vista, los lectores de ebooks pueden llegar a colaborar en el mantenimiento de la "lectura profunda", de la concentración prolongada en un texto medianamente largo que menciona Carr.

1688 palabras, perdonad por el tocho :D :D :D

P.S.: No ha sido fácil desarrollar el argumento de este post con los límites que ofrece la ventana de edición de blogger (14 míseras líneas de texto). Se impone un cambio.

4 comentarios:

  1. Anónimo10:15 a. m.

    Pues no te digo nada argumentar en una pantalla de 37x11, la de comentarios.
    ¿Alguien tiene la más mínima duda de que nuestra inteligencia se moldea con las herramientas que utiliza? Los fisiólogos tiene un nombre para esto: la función hace la forma. es sorprendente ver como un pierna de una persona sin manos acaba convirtiéndose en algo más parecido a una mano que a un triste pie.
    La palabra hablada moldeó nuestra mente hasta extremos insospechados por nuestros antepasados; la aparición de los signos visuales superpuestos a la realidad (las monedas, los símbolos en las cerámicas, las pinturas votivas, los signos de cada gremio, los mojones de los caminos...) profundizaron el contenido de esta hasta convertirla en una fuente inagotable de información; la palabra escrita acabó para siempre con nuestra proverbial capacidad de memorizar la palabra hablada y transformó hasta tal punto nuestras creencias que posiblemente fue la causa del monoteismo. Los tipos móviles, las imagenes grabadas, la impresión a color... Cada nueva tecnología que intervin en nuestra adquisión de conocimiento nos ha cambiado radicalmente.
    Echemos un vistazo al penúltimo cambio drástico provocado en nuestra mente: la televisión. Hasta su aparición el número de imágenes distintas consumida por la mente humana era bastante limitado. En la actualidad hemos desarrollado una capacidad nunca antes disfrutada por ninguna mente humana de consumir (alimentarse de...) imágenes en rápida sucesión.
    Lo que comentáis los tres es otra vuelta de tuerca, otra más, que cambiará nuestra mente.
    Pero es que nuestra mente es la herramienta más perfecta conocida, capaz de adaptarse a cualquier circunstancia, el culmen de la plasticidad, de la "función hace la forma"...

  2. Efectivamente, el cachondo de Carr se ríe de sí mismo y los alarmismos al final del artículo, cuando cita miedos pasados a innovaciones anteriores (especialmente cachondo el del miedo a la imprenta y lo que supone).

    Posiblemente la cuestión más candente de la emergencia de Internet es la botella medio llena o vacía: siendo trivial aceptar que los beneficios que aporta Internet son enormes, ¿Cuáles son los efectos perjudiciales realmente profundos? ¿Son asumibles?

    A mí me preocupa particularmente la producción de conocimiento, ya sea académico o comercial. La descripción que hace Carr, apoyándose en otros, del cambio en el hábito de lectura (y, por tanto, en el de producción de conocimiento) me parece completamente exacta. Todos los que estamos en Internet, para estar, nos hemos tenido que acostumbrar a buscar la "eficiencia" (sic), a recorrer a enorme velocidad enormes cantidades de fuentes de información. La propia naturaleza del texto hipervinculado te tienta como un súcubo (o íncubo, para gustos...) a clicar sobre el siguiente vínculo... Y DEJAR DE LEER LO QUE ESTABAS LEYENDO.

    Mi adolescencia ha sido pre-internet, sumergida en libros que eran mi principal fuente de ocio. Hoy tengo que reconocer que mi fe en los libros es la que me fuerza a seguir leyendo, pero tengo que hacer un esfuerzo para ponerme a ello que antes no tenía sentido alguno.

    El problema que me preocupa, como digo, es que esa nueva forma de leer, tan diferente a la "lectura profunda", sea parcialmente incompatible con nuestras formas de producción de conocimiento académico y comercial asentadas. Para adquirir cierto nivel, sobre todo, pero también para producir. Lo aterrador es que afecta no sólo al estudiante, sino al ya estudiado, al docente y al profesional.

    En ciencias sociales y humanidades, se trata de leer (también de poner en práctica, lo que algunos colegas no se acaban de creer, pero bueno). Es cierto que ha habido abusos en lo que se refiere a la intertextualidad y la cita: desde los años de licenciatura no he logrado soportar aquellos textos que se atrevían a meter una frase propia entre montañas de citas.

    Si la tendencia que estamos comentando termina de asentarse, pasaremos al extremo opuesto: una parte importante de los alumnos no podrán aprovechar todo el cuerpo de conocimientos acumulado hasta ahora, y un número preocupante de profesionales (hay que decir que muchos docentes "no han entrado en Internet", lo cual también es malo) se encontrarán con dificultades crecientes para producir conocimiento realmente solvente.

    El ejemplo de los textos académicos me genera ciertas esperanzas: después de todo, también va a estar bien que se limite el abuso de la cita, o del lenguaje rimbombante e improductivo, en los textos académicos. Como quiera que la adquisición de conocimientos es crítica para la economía de la sociedad de la información, es muy posible que, de una forma o de otra, aparezca un buen término medio.

    Y para arrimar el ascua a mi sardina, en ese término medio pueden estar los lectores de ebooks :)

  3. Anónimo9:16 p. m.

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